EXPRESO EUROPA

Diario de un recorrido en tren por ciudades de Francia, España y Suiza, entre montañas, valles y llanuras, a 300 kilómetros por hora y también a velocidad de paseo, en viajes de día y de noche


PARIS.- Siete días. Siete ciudades. Doce trenes. Ocho periodistas de todo el mundo cargados de equipos y valijas. El panorama -por más tentador que parezca recorrer España, Francia y Suiza- suena agotador.
Curiosamente no lo es. Viajar en tren por Europa es todo lo contrario a tomar el ramal de la ex línea Roca de Constitución a La Plata. Cómodo. Fácil. Seguro. Y, fundamental, sin demoras. Si el horario de salida dice 11.36, el tren parte a las 11.36. Así de simple.
Por suerte, nadie se atrasa para nuestra primera cita: el TGV de París a Lausanne. Ni siquiera Park (Sang-Hyun Park, para ser más exactos), el periodista surcoreano que cada dos pasos se detiene a sacar una foto.
Es inevitable. Más de una cabeza se voltea cuando subimos al vagón. El grupo parece una publicidad de Benetton y encima parloteamos en un inglés aún más colorido, cada cual imprimiéndole su entonación local. El folklore se acentúa cuando llega la hora de ordenar la comida. Kishore, que es hindú, no come carne. Lizeka, de Sudáfrica, execra el queso. Paulo, el brasileño, es alérgico a los mariscos.
El mozo asiente y anota, adusto. Se va sin mediar palabra y reaparece con el pedido: los penne rigate sin el queso, la ensalada de mar sin mariscos, el croque monsieur sin jamón y, por supuesto, el vino, esta vez sin peros (¿hace falta aclarar que es francés?).

Otras perspectiva para los paisajes suizos desde la ventanilla del tren. Foto gentileza Swiss Railways

Todo impecable, hasta que llegamos a Lausanne y nos recibe una lluvia torrencial. Por suerte, el hotel está a sólo dos cuadras de la estación y a menos de cinco minutos de aguacero. Eso es algo bastante característico en Europa: las estaciones de tren no están relegadas a la periferia de la ciudad, y es común ver a la gente alejándose con la valijita a cuestas, sin preocuparse por llamar a un remise ni hacer fila para un taxi.
Recorremos bajo un paraguas esta ciudad de impronta medieval, calles empinadas y negocios glamorosos, que se enorgullece de ser la capital olímpica de Suiza. La capital administrativa, Berna, adonde llegamos a la mañana siguiente, tiene el mismo aire de belleza cuidada y ciudad señorial. La diferencia es que aquí se habla alemán y no francés -basta con llegar y ojear los nombres de la arteria principal, formada por la sucesión de Spitalgasse, Marktgasse, Kramgasse y Gere-chtigkeitsgasse-, y además de los geranios que se multiplican prolijamente en todos los balcones, nos encontramos con osos por doquier: en las estatuas de las fuentes, en las banderas, en el escudo de armas, en cada motivo decorativo que identifique a la ciudad (porque, si no quedó claro, el oso es el símbolo de Berna) e, incluso vivos, en unas fosas construidas hace más de 300 años.
El casco viejo está organizado en torno de la Torre del Reloj, la Zytglogge, cuyas piezas son las mismas desde 1530. Cuatro minutos antes de cada hora, la torre deleita a los turistas con un desfile de curiosos personajes pintados (hay un gallo, bufones y, por supuesto, unos osos danzarines). Me acuerdo de Orson Welles en El tercer hombre, interpretando a Harry Lime, cuando decía que 500 años de democracia y paz en Suiza no habían producido nada excepto el reloj cucú. No sé por qué omitió los chocolates, los quesos tipo vacherin o gruyère y las navajitas Victorinox, que relucen en cada vidriera.

El paisaje de Heidi
Pero partimos raudos de vuelta a Lausanne, sin tiempo de inspeccionar los negocios -menos mal, porque aun en francos suizos, el tipo de cambio no nos es particularmente favorable-, de visitar la casa de Albert Einstein ni de admirar el museo de Paul Klee, concebido como una especie de escultura integrada a la naturaleza.
Habrá tiempo de relajarse en el tren. Esta vez, nada de ir a 300 kilómetros por hora. Más bien, la formación se deja llevar, lánguida y sin apuro, por colinas boscosas y valles de ensueño. Es que los paisajes ameritan viajar en uno de los llamados trenes panorámicos, de amplios ventanales y menor velocidad (además, hay apenas 220 km entre el punto más septentrional y el más meridional del país). No falta nada del otro lado del vidrio: vacas con cencerros, manchones de flores, esas casitas de madera que parecen cajas de música y alguna que otra cumbre nevada. Agreguemos a Heidi corriendo por las praderas y, ahora sí, la postal está completa.
De todos modos, al día siguiente cambiamos el aire alpino por el mediterráneo, los verdes intensos por ocres y pasteles, y la inalterable tranquilidad suiza por un poco de noche francesa. Es martes, el día se está apagando y las calles de Montpellier, capital de la región sureña de Languedoc-Roussillon, son pura efervescencia.
Esta ciudad de calles estrechas y luz tenue, centro de prestigiosas universidades, posee la mayor cantidad de jóvenes del país: hay más de 80.000 en una población de 200.000. Ciertamente, se los ve a toda hora y en todo lugar: deambulando por el casco histórico, leyendo apuntes en alguna plaza de Antigone -un barrio de estilo neoclásico, vanguardista e innovador, diseñado en los años 80 por el genial arquitecto catalán Ricardo Bofill-, descorchando una botella de vino en un barcito o escuchando algún espectáculo callejero en la céntrica plaza de la Comédie. En esa gran explanada, parecida a un teatro sin gradas y a cielo abierto, esta noche suenan los acordes de un trío de jazz. Los mira desde lo alto de un poster, retratado con anteojos oscuros, una guitarra eléctrica en mano, la clásica boina y un saco estilo Sergeant Pepper, nada menos que el Che Guevara. Qué hace el mítico revolucionario promocionando el Festival Internacional de Guitarra, que anualmente se celebra aquí, es un verdadero misterio.
La cara del Che, sin embargo, vuelve a sorprendernos desde los puestos callejeros de Barcelona, donde aparece estampada en las remeras que se venden de a decenas junto a llaveros de la Sagrada Familia, muñequitas de flamenco y camisetas del Barça.

Lectura y distensión en un TGV (Train à Grande Vitesse)

Del francés al catalán
Es extraña la sensación de caminar por la mañana en las calles de un país y por la tarde en las de otro. Fueron poco más de cuatro horas de viaje en el Talgo, uno de los trenes españoles de alta velocidad, y pum, acá estamos. Pero, a decir verdad, el espíritu de Barcelona es muy similar al de Montpellier: la ciudad está en plena ebullición, los bares y museos al tope, y las Ramblas repleta de artistas callejeros y callejeros que hacen de artistas (parece que las estatuas vivientes de Don Quijote están de moda). Aquí, sin embargo, el clima es definitivamente más cosmopolita. Desde las intrincadas callejuelas del barrio gótico hasta el elegante Paseo de Gracia (con su inconfundible sello de Gaudí) casi no se escucha hablar español (perdón, catalán). Lo que hay son hordas de turistas italianos o japoneses, inmigrantes argelinos y marroquíes, empresarios extranjeros de paso apurado o -no podía faltar- algún buscavidas argentino.
Para ser justos, hay que decir que Madrid, con su rica arquitectura, su intensa vida nocturna y sus célebres museos, no se queda atrás de la capital de Cataluña. Pero, en rigor, nosotros apenas estamos lo suficiente como para dar una vuelta por el colorido barrio de Chueca -una suerte de village neoyorquino o SoHo londinense- y cumplir con el rito de ir de tapas. Después nos trepamos al AVE y el tren nos lleva como un balazo a Toledo, esa ciudad mágica y soberbia repleta de iglesias, sinagogas y mezquitas, surcada de calles estrechas y empedradas, y marcada por la singular impronta de El Greco.
Volvemos a tiempo a Atocha para tomar el Elipsos a París, nuestra última parada. La estación, la misma de los atentados, la que en su interior tiene un impresionante jardín tropical, un centro comercial y hasta una discoteca, es un hormiguero de gente que va y viene, viene y va. Park no se cansa de disparar su flash en esta miniciudad.
El Elipsos será nuestro hogar, ya que esta vez nos toca pasar la noche en el tren, acompañados por su suave traqueteo. Por la mañana estaremos en París, esa ciudad que, en palabras del escritor español Enrique Vila Matas, "no se acaba nunca". Para nosotros apenas empieza.
Por Teresa Bausili  Enviada especial


La Ciudad Luz, más luminosas que nunca

PARIS.- Son dos ciudades en una. De día es el París monumental, vibrante, ese París que no importa cuántas veces se lo visite, nunca deja de impactar. El París de los miles de turistas que caminan ensimismados en sus mapas o se entregan a un guía que habla a los gritos, del tráfico infernal, los inmigrantes y sus negocios de kebabs (una suerte de carne asada), las tiendas súper exclusivas o la oferta casi infinita de muestras culturales.
Y hay colas para todo. De hasta una cuadra, por ejemplo, para entrar en el nuevo negocio de Louis Vuitton en Champs-Elysées, o para ojear la última colección de Hermés en su local del soberbio Faubourg-Saint-Honoré (dato: desde Armani o Fendi hasta Jimmy Choo, cada vez son más las grandes marcas que últimamente se están mudando a la deslumbrante y renovada Avenue Montaigne). No menos largas son las filas que se hacen en las puertas de museos y centros de exposiciones. El recientemente reabierto Museo de Artes Decorativas, parte del complejo del Louvre, es por ejemplo uno de los que más público ha convocado. Hay más de 150.000 objetos que dan cuenta de la historia del diseño interior, incluyendo modelos de Le Corbusier y Philippe Starck (incluso los más chicos pueden pasarlo bien: hay una galería con más de 12.000 juguetes). Por otro lado, de noche nos encontramos con otro París, ese de ritmo pausado y calles despejadas, más íntimo, más silencioso. Y cuando cae el sol y se encienden más de 300 monumentos, iglesias, puentes y edificios públicos, es el París luminoso. El París que brilla en todo su esplendor, con sus edificios emblemáticos, desde el Louvre hasta la catedral de Notre Dame o el Pont Royal, destellando a lo lejos como luciérnagas en una noche cerrada. Las luces están adosadas a los costados de los edificios, de modo tal de realzar sus curvas, ángulos y aquellos detalles que a la luz del día pasan más desapercibidos. Pero como un efecto Cenicienta, se apagan a eso de la una todos los días.
Claro que el proyecto de iluminar París tiene su costo: adornar la Torre Eiffel con 20.000 lamparitas, por ejemplo, insumió US$ 5 millones y una legión de 40 obreros, arquitectos e ingenieros que debieron vérselas con vientos huracanados, tormentas, palomas y murciélagos.

La pirámide del Louvre, un clásico

Datos útiles
Los pases
La mayoría de las principales ciudades europeas está conectada por más de 240.000 km de vías, construidas de manera tal que pasan por las zonas con paisajes más destacados. Lo mejor para recorrer el continente en tren es sacar un pase: existen diferentes opciones a la medida del viajero, según los días y los lugares por visitar, con precios que pueden variar de los 200 a los 600 euros por persona. De todos modos, generalmente hay descuentos para viajes de más de dos personas, para menores o jubilados.
Y en Suiza, por ejemplo, hay un pase especial para recorrer el país que incluye el acceso a todo tipo de transporte público, descuentos en excursiones y hoteles, y entrada gratuita a más de 400 museos (un pase de 8 días, por ejemplo, cuesta unos 225 dólares).
Horarios y reservas
A diferencia de los aeropuertos, para tomarse el tren basta llegar con poco tiempo de anticipación. En la mayoría de las estaciones hay carteles indicadores con los horarios de salida, llegada y números de plataformas. Generalmente no es necesario reservar asiento salvo cuando se viaja de noche, y en estos casos también se suele pagar un suplemento adicional (que varía según se elija primera o segunda clase, o camarote individual o compartido). Las comidas se pagan aparte, en euros. Por último, aunque en los trenes está permitido llevar todo el equipaje necesario, conviene viajar con equipaje liviano.
En Internet
www.raileurope.fr/wherewheretobuy

Fuente: La Nación Turismo - domingo 29 de octubre de 2006 - Buenos Aires - Argentina


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