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PANORAMA DESDE EL TREN |
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Viajes a bordo de los
mejores trenes europeos, entre Francia, Suiza, Alemania, Bélgica e
Inglaterra. |
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Un tren a punto de
partir y un andén por el que transitan los pasajeros. Ya lejos de la
imagen desangelada, los trenes son mucho más que un simple medio de
transporte. Este es un diario de viaje a bordo de los distintos trenes
de Europa -de alta velocidad y nocturnos, entre otros-, uno de los
tantos viajes posibles de realizar, que, en este caso, permite descubrir
más la experiencia y el placer de la travesía, los paisajes que desfilan
por las ventanillas que el tiempo en las ciudades. Desde París hasta
Londres. En tren. |
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En
Suiza una formación del SBB, en plena marcha |
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De París a Estrasburgo
En el andén aguarda el TGV, el tren de alta velocidad francés que a las
8.24 parte hacia la ciudad de Estrasburgo, en Francia. Las flores y el
delicado aroma dulzón de los croissants transforman la estación de París
en una especie de sala art nouveau de la que uno no querría partir, sino
fuera por el viaje que ya se intuye. Pero el tren es lo que importa
porque representa una promesa, los paisajes y las ciudades que vendrán,
una idea de la aventura que es casi cristalina. El interior del TGV fue
rediseñado por el francés Christian Lacroix, sí, el de los vestidos. Así
que este vagón de primera clase es un espacio mullido y el sol que
irrumpe por las ventanillas lo ilumina todo, aunque una mínima excursión
a otros vagones, como los de segunda, también genera certezas: el tren
es cómodo, limpio, se puede caminar y trabajar o acodarse en la barra
del bar para tomar un café. Los asientos son más que espaciosos y esta
mañana de setiembre son una especie de butaca con buena vista a un
escenario que aparece y desaparece de las ventanillas, que corre
paralelo al tren: un puñado de casas color ladrillo y bosques, la
silueta de un castillo.
10.43 y el tren entra en la estación de Estrasburgo a la hora exacta.
Hay una tentación irresistible y es mirar el pasaje, donde figura el
horario de partida y de llegada, y jugar una apuesta a que no, a que
esta vez el tren se demora un minuto. Ni lo intente. La estación de
Estrasburgo, en plena reconstrucción, es un bonito edificio antiguo, de
piedra gris y rosa. Ahora, una especie de techo-túnel de vidrio y acero
le da un toque retro future.
Estrasburgo, la capital de Alsacia, está a orillas del río Rin. Es una
ciudad pequeña que a lo largo de los siglos pasó de manos francesas a
alemanas en más de una oportunidad, tanto que hoy, dicen, una de las
frases favoritas, al menos de sus habitantes más viejos, es "no soy
francés ni alemán, soy de aquí". Y aquí es un prolijo entramado de
puentes cubiertos y árboles que se reflejan en el agua, de calles que
invitan a detenerse frente a cada deliciosa vidriera, en las que los
panes y los chocolates, los jabones y las exquisitas fragancias de
lavanda se anuncian en francés y en alemán, del mismo modo en que los
carteles informan los nombres de las calles. Altísima y gótica, la
catedral del año 1250, se levanta en medio de un espacio que apenas deja
lugar para tanto cafecito con terraza, cervecería y tienda de recuerdos,
mientras un intemporal organillero le pone música a la función.
Un paseo en barco de una hora revela otras caras de Estrasburgo, como
las damas de chal sobre los hombros y la chica punk que, estilos aparte,
pasean sobre los románticos ponts couverts, los puentes que, pese a su
nombre, perdieron los techos en el siglo XVIII. Otras versiones de la
misma ciudad se ven en la estatua mitad jirafa mitad hombre vestido de
traje que se deja ver a la puerta de un edificio moderno y en la sede
del Parlamento Europeo, que sesiona en un enorme edificio de vidrio y
acero y también se refleja en el Rin. |
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Magia: El tren conecta con los paisajes de un modo incomparable |
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De Estrasburgo a Zurich
A la mañana siguiente, las vías y los andenes que se ven desde el
tren TGV parecen delinear una línea imaginaria, al cabo de la cual está
la ciudad suiza de Zurich. A poco de andar el paisaje se ondula, se
vuelve más Heidi, digamos. A las 12 del mediodía llega el mozo, con unas
impecables bandejas y, sobre un papel plateado de color fucsia, un plato
de carne al horno con zuchinis. De postre, una mousse de chocolate y
pistachos que saboreamos apoltronados en las enormes butacas del TGV.
Es domingo y el aire limpio de Zurich, el tono de pueblo aristocrático
con el tiempo a su favor parece más marcado en el área del lago de
Zurich. Este es uno de los últimos días del verano y sobre el agua se
deslizan los veleros. En la catedral Fraümunster hacemos una breve
parada para admirar los sutiles vitrales del artista Marc Chagall. Las
calles llenas de cafés y cervecerías al aire libre, y el sutil entramado
de escaleras de piedra, bebederos artísticos y finísimos negocios de
arte y decoración, son, también, muy seductores.
"Parece una ciudad de Playmobil", dice alguien mientras viajamos en el
modernísimo tranvía, en el que una voz susurrante anuncia la próxima
parada. Son sólo algunos datos, pero Zurich, al menos este domingo, es
una ciudad de muros color crema, de ventanas abiertas y de balcones
floridos sobre veredas angostas. En una gran plaza, donde se despliegan
mesas de comida casera, algunas familias y grupos de amigos juegan a
algo que parece similar a las bochas. Llegamos aquí después de subir una
empinada escalera de piedra y la postal, sí, podría ser el decorado de
un elegante Playmobil, a orillas de un lago.
Al otro día nos espera otra ciudad suiza, Lucerna, y el tren que nos
lleva, con vagones de dos pisos, es parte del sistema de transporte del
país, STS. La noticia esta mañana es que la partida se demora 5 minutos,
que la voz FM se encarga de comunicar. Entre tanta laptop, cámara
digital y MP3 se dejan ver algunas caras de contrariedad, pero mucha
gente se desplaza por trabajo y las butacas, mesas y el impecable carro
que pasa ofreciendo café o sabrosos desayunos son una oportunidad para
ganar esos 5 minutos. Lucerna está a sólo 45 minutos de viaje, que, a
bordo, pasan demasiado rápido.
Lucerna, a orillas del lago del mismo nombre, es todavía más estilizada,
más fina que Zurich. Abordamos un barco que nos lleva a Alpnachstad,
donde otro tren, de montaña, nos llevará a la cima del Monte Pilatus, de
2.100 metros de altura. A medida que el trencito asciende, en medio de
las caras de sorpresa y las sonrisas de niños de los pasajeros, se
descubre un paisaje que va mutando de los bosques y el verde a unos
tonos más áridos, hasta que, bien arriba, cuando ya casi no queda más
arriba, los niños que parecemos, creemos estar en un balcón a la
montaña. El almuerzo incluye un típicamente suizo plato de fideos con
puré de manzanas. |
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Monumentales, históricas y conmovedoramente bellas. Así son las
ciudades de este recorrido |
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De Zurich a Berlín
Por la noche, el City Night Line espera en el andén. Camino a Berlín,
Alemania, esta será la primera noche a bordo, desde la cena hasta el
desayuno del día siguiente. En el camarote, cada elemento pasa por una
rigurosa inspección, una rienda suelta a la curiosidad: la botella de
agua mineral sobre la mesita de luz o la comodidad de la cama de sábanas
blancas. A la hora de dormir el traqueteo del tren deja de ser una
imagen o un sonido para transformarse en algo que se siente en el
cuerpo: a veces remite al movimiento de una cuna; otras, obliga a
recuperar la estabilidad.
Si el camarote es un cuarto de hotel en miniatura, el restaurante del
tren es todo lo contrario: mesas con manteles blancos, copas altas, una
iluminación tenue, de lucecitas que simulan estrellas en el techo. El
menú es contundente: sopa de hongos, salmón al horno, vino, café y un
chocolatín. Brindamos con los compañeros de mesa por esta extraña noche
en movimiento.
A las 21.10 dejamos Suiza y entramos en Alemania. El viaje en tren es, a
un mismo tiempo, imaginación y límite. La palabra frontera es más que un
concepto o una línea de puntos. Es, se ve. A bordo de un tren uno entra
en un país, no lo adivina allá abajo. El pasaporte queda retenido
durante toda la noche. Bueno, mejor así que despertarse con los golpes
en la puerta de las autoridades de migración. Pocos minutos después del
café del desayuno, el tren se desliza en Berlín, la magnífica capital
alemana, hoy otoñal. |
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Contraste: En Alemania, el Thalys llega a Colonia. Detrás, la
Catedral |
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No hay modo de comprender Berlín en las pocas horas de las que
disponemos para pasear por la ciudad, pero aun así quedarán escenas
clásicas, imágenes duras y difíciles de borrar, como el enorme parque
Tiegarten, los edificios de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, la
cúpula vidriada del Reichstag, la puerta de Brandenburgo, allí donde
estaba el límite de las dos Berlín antes de la caída del Muro –queda
sólo una parte, en la que luce una pintada que dice "Ciao, mama"– y hoy,
en una extraña postal, un joven disfrazado de soldado ruso y con la
bandera de la ex Unión Soviética, se saca fotos abrazado a los turistas.
Hay más de un memorial en la ciudad, como la serie de bloques de piedra
que recuerda el Holocausto o el Checkpoint Charlie, el punto de control
entre Berlín Oriental y Occidental, donde se ven flores frescas. Toda
Berlín parece decidida a recordar: los desastres de la Segunda Guerra
Mundial, los años en que la puerta de Brandenburgo estaba cosida con
alambre de púa. Miro, bajo la lluvia, el filo gris del río Spree y la
monumental avenida Unter den Linden. |
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