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La voz del estadio
anuncia la formación de la Selección de Alemania frente a la Argentina y
el público que llena el flamante estadio responde en un grito a cada
nombre con su apellido. La ceremonia tiene algo de coreografía: "¡Timooooo!",
dice el locutor alargando la "o", y la gente se levanta de su butaca,
traza una graciosa curva en el aire con el dedo índice, responde: "¡Hildebrand!"
y vuelve a sentarse; "¡Andreaaaas!", invita la voz; todos se paran,
repiten el gesto con el brazo y contestan 50.000 voces perfectamente
sincronizadas: "¡Hinkel!" La sucesión termina con el nombre y el apellido
de uno de los viejos ídolos del fútbol alemán, hoy director técnico de la
Selección: Jürgen Klinsmann. Hay fiesta en Nüremberg: juegan por la Copa
Federación las dos selecciones que se enfrentaron en la final de los
mundiales de 1986 y 1990. Dos equipos que tal vez, por qué no, podrían ser
los finalistas del Mundial 2006. Antes del partido se han tomado ríos de
cerveza y ahora se canta, se grita, se hace la ola, se hace ondear
banderas. Para un argentino, ir a la cancha en Alemania es una experiencia
diferente. Todo tiene otra estética. De tan ordenado, parece ensayado. Y
en cierta forma, lo está. En junio pasado durante el partido con
Argentina, por ejemplo -que terminó 2 a 2-,
cada vez que el defensor Huth tocaba la pelota -no
importa si para hacer una genialidad o para meter un gol en contra-
todos los espectadores sin excepción gritaban su nombre, de manera que en
ese momento el estadio era un solo grito ululante: "Uuuuuu". También hay
una sola variante de grito ante cualquier situación del juego que merezca
una exclamación. Una buena jugada, un tiro apenas desviado, un «4foul
alevoso, un error garrafal, merecen el mismo sonido unánime: una mezcla de
"e" y "o".
Pero todos éstos serán descubrimientos posteriores en esta gira por varias
ciudades sede de la Copa del Mundo 2006. Ahora acabamos de llegar a Berlín
y hacemos una primera recorrida por sus calles, deslumbrados por su
arquitectura, por su armonía, por su tránsito fluido y, sobre todo, por su
verde casi tropical. Termina junio y Berlín disfruta el inicio de un
verano que será seguramente breve. La gente lo sabe y entonces no lo
desaprovecha: llena los parques, toma sol casi con desesperación, navega
en barcos turísticos el río Spree, como si estuviera en el Caribe, se
despatarra en reposeras amontonadas en los jardines de cervecerías
convertidos en playitas mediante el simple, inocente procedimiento de
llenarlos de arena.
Como todas las ciudades de Alemania, Berlín se prepara para recibir un
aluvión de turistas de todo el planeta durante el Mundial. Y tiene cómo:
hay 80.000 camas de hotel, 175 museos, 1.500 eventos diarios, 7.000 bares
y restaurantes, una vida cultural de las más intensas del mundo y
sorpresas sin límite. El Muro ya no está, pero es un fantasma que sigue
dividiendo a la ciudad en los sectores Este y Oeste. En algunas zonas se
mantienen en pie pedazos del Muro y en otras, una raya que serpentea en el
pavimento recuerda que ése era su recorrido hasta 1989. En realidad,
Alemania es un país en el que la antigua división sigue siendo un tema de
todos los días: fueron décadas de realidades económicas, políticas y
culturales opuestas. Para financiar la integración, el viejo sector
occidental está haciendo enormes inversiones en el este. Pero no es tan
sencillo, y mucha gente del antiguo lado Oeste se queja de lo que siente
como un peso injusto. En el cruce de las calles Friedrichstrasse y
Zimmerstrasse, frente al Check Point Charlie, uno de los tres pasos que
tenía el Muro y que hoy es uno de los puntos turísticos por excelencia de
la ciudad, el guía del grupo sintetiza esa situación con una frase llena
de ironía: "La gente —dice— se acostumbró a vivir con el Muro. Y ahora se
tiene que acostumbrar a vivir sin el Muro". Y explica: con la caída del
este, que durante décadas fue mantenido artificialmente, cerraron muchas
empresas. Y hoy el desempleo en Berlín llega a 20 por ciento. Nada de eso,
desde luego, es visible para un viajero argentino, que sólo advertirá
desarrollo y prosperidad en Berlín. A pocos metros del Check Point Charlie,
en Postdamer Platz —la plaza que en los tiempos del Muro era una tierra de
nadie donde murieron unos 200 que intentaron cruzarla— se levanta ahora el
nuevo centro financiero de Berlín, un deslumbrante conjunto de edificios
ultramodernos diseñados por los arquitectos más renombrados del mundo. Se
tiene la sensación de estar en el futuro, allí en ese punto que hasta hace
poco era un símbolo del pasado. Especialmente en el Sony Center, un
espacio de 17.000 metros cuadrados que producen perplejidad. Cómo
describirlo: bajo una gigantesca cúpula de metal, vidrio y tela, una
especie de plaza rodeada de edificios, restaurantes, lugares de
entretenimiento, salas de I-MAX con pantallas colosales en 3D y tecnología
que convierten al cine en una experiencia diferente. En el centro, una
fuente flotante rodeada de mesas de café. Prohibido perdérselo. De otro
siglo.
En el este berlinés también está el centro histórico de la ciudad, con eje
en la avenida Unter den Linden ("bajo los tilos", reemplazados por Hitler
durante la guerra por estandartes con esvásticas), que parte de la famosa
Puerta de Brandemburgo y pasa por bibliotecas, palacios imperiales,
teatros y la Isla Museo, espectacular complejo de museos históricos y de
arte.
En el lado occidental, la avenida que hay que caminar es Kurfürstendamm.
Por suerte, comúnmente se la llama Ku'damm. Allí están todas las grandes
tiendas y la famosa Ka De We, de 30.000 metros cuadrados, lujosa como el
Harrod's de Londres. Y el impresionante cascarón ennegrecido y en ruinas
de una iglesia, la del Kaiser Guillermo, que se mantiene como quedó
después de los bombardeos para recordar a los alemanes la inutilidad de la
guerra.
Berlín es grande, pero tiene una red de subtes que la hace fácilmente
recorrible, si se está dispuesto a combinar ese medio con las caminatas.
Pero ojo: si camina, tenga presente que hay una bicisenda de color rojo en
las veredas. Esté atento, los ciclistas son muchos y no paran.
Leipzig y Nüremberg
La siguiente escala fue una ciudad de la antigua Alemania oriental,
Leipzig, poco menos de 200 km al sudoeste de Berlín. Fue aquí donde, a
principios de los 80, se inició el movimiento que terminó en el 89 con la
caída del Muro. Se la conoce como la ciudad de la música, y hay razones:
en Leipzig nació y estudió Richard Wagner. Es la ciudad donde vivió y
trabajó Félix Mendelsohn. Y aún se puede admirar aquí la iglesia gótica de
Santo Tomás, de 1212, en cuya escuela era maestro -y
vivía- Johann Sebastian Bach. Frente a ella hay una
estatua del músico con un curioso detalle: tiene desabrochado un botón del
saco para recordar su eterna actitud distraída.
Es un placer recorrer la Plaza del Mercado, que parece un paisaje de
cuento, con edificios antiquísimos pero impecables, como la Bolsa, del
1600; la Aduana, de la misma época, y el Ayuntamiento. Fuera de la zona
histórica, llaman la atención algunos edificios abandonados, esperando su
destino de demolición. Son restos de la antigua Alemania del Este. Pero la
suerte de la ciudad parece estar cambiando con algunas inversiones
provenientes de la zona occidental, como la fábrica de Porsche inaugurada
en 2002, empresa con sede central en Stuttgart y un símbolo de status,
lujo y consumo que hace apenas unos años hubiera sido inimaginable aquí.
Camino a la fábrica atravesamos campos de frutillas privados que la gente
visita para cosechar algunas docenas con sus propias manos. Es una
tradición del lugar: las familias llegan, cosechan sus frutillas y las
ponen en una canasta que luego pesarán y les cobrarán los dueños del
campo. La nueva fábrica de Porsche es impresionante, con un museo donde se
exhiben sus modelos clásicos. Y es un éxito: hasta enero próximo no hay
fecha disponible para visitarla, algo que se hace con estricta reserva
previa. Es que son muchos los que quieren ver el lugar donde se fabrica
uno de los autos más caros del mundo, el GT, un modelo deportivo que
cuesta 450.000 euros. Se producen sólo 500 unidades por año, todas en
Leipzig. Es decir que hasta ahora hay en el mundo sólo 1.500 Porsche GT.
Es imposible llegar a Nüremberg -la segunda ciudad
de Bavaria, unos 300 km al sudoeste de Berlín- y no
pensar que fue allí donde tuvo lugar en 1946 el juicio más famoso de la
historia. Se la eligió con ese fin por razones de seguridad: el Palacio de
Justicia comunicaba mediante un túnel con una prisión con celdas
individuales para alojar sin riesgo a los 24 nazis acusados de crímenes de
guerra. También se puede visitar en Nüremberg el Zeppelinfeld, un
monumental anfiteatro donde Hitler montaba esos dramáticos y
multitudinarios festivales de propaganda nazi entre 1933 y 1938. Por esa
asociación entre Hitler y Nüremberg, considerada un centro ideológico del
Tercer Reich, esta ciudad sufrió un feroz bombardeo en enero de 1945, que
destruyó buena parte de su historia de más de 900 años.
Pero todo se reconstruye en Alemania. Debe ser ése el famoso "milagro
alemán". Porque es posible en esta ciudad cuyo pasado quedó reducido casi
a cenizas, comer en Der Nassauer Keller, un sótano oscuro y húmedo del
siglo XIII donde el dueño ofreció una cerveza negra especialísima, keller
bier, servida "a temperatura de sótano, no de heladera", es decir casi
natural, como supimos lamentablemente tarde. O recorrer la Plaza Mayor, de
1356, rodeada de construcciones góticas que evocan el paisaje del casco
histórico de Praga.
Los habitantes de Nüremberg saben que su ciudad es bella y la cuidan: los
únicos colores permitidos en los omnipresentes toldos y sombrillas son el
rojo y el blanco, que combinan como en una escenografía con los geranios
rojos que desbordan los balcones. Tres paseos obligatorios son: la visita
a la iglesia San Sebaldo (de 1225), estilo románico; el Castillo Imperial,
cuna de la ciudad en 1050, al que se llega subiendo una agotadora
barranca, y la casa del extraordinario pintor renacentista Alberto Durero
(1471). Y yo agregaría uno, más frívolo pero igualmente imperdible: la
cervecería Exxenhäusla (La casita de la bruja), igualita a la de Hansel y
Gretel, donde se toma una cerveza de trigo —de tono más opaco—
inolvidable.
Hablemos de cerveza
Hablemos entonces de Munich, la tercera ciudad del país, con 1.300.000
habitantes, y sin duda la más rica. "Los muniqueses somos muy
conservadores; aquí nos llamamos estado libre de Baviera", dice la guía,
entre risas, y aclara: "Primero somos bávaros; después, alemanes".
El casco antiguo de la ciudad, fundada en 1156, es peatonal y concentra
gran parte de la historia de Baviera, que fue principado en 1180 y
monarquía en 1806 "por gracia de Napoleón".
Uno supone que en Alemania todos prefieren olvidar el pasado nazi. No es
así: es un tema que no se oculta y está en permanente revisión y
discusión. Y Munich no es la excepción. Aquí fue donde llegó Hitler desde
Austria a estudiar pintura y arquitectura. Luego cambió lamentablemente de
planes, fundó el partido nazi y dio su primer discurso en una cervecería.
Cuando pasamos por la antigua sede del partido —hoy convertida en el
Conservatorio de Munich—, la guía explica que esta vocación de revisar el
pasado reciente es más o menos novedosa.
Mientras la combi da una vuelta somera por un barrio elegante de la
ciudad, es fácil ver su riqueza. Munich es la ciudad más cara de Alemania.
A este rasgo, la ciudad suma el de una larga tradición cultural. La combi
avanza ahora por la avenida Leopoldstrasse y la guía cuenta que estamos en
Schwaving, el antiguo barrio bohemio de Munich, donde a principios del
siglo XX vivían, entre muchos otros, Kandinsky, Paul Klee, Thomas Mann. Lo
que se ve ahora en Leopoldstrasse apenas tiene huellas de aquel pasado.
Hoy es una avenida llena de cafés italianos, cabarés y discos. Pero la
guía sigue evaluando la potencia cultural del lugar ("40 teatros, una
ópera...", dice) y enumerando nombres de bávaros famosos: Einstein, Franz
Strauss, Sissi, Beckenbauer. Y cuando dice el nombre del futbolista más
famoso de la historia alemana, como una señal, la combi toma el rumbo del
colosal nuevo estadio de Munich, donde el 9 de junio de 2006 se jugará el
encuentro inaugural de la Copa del Mundo.
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Munich. La tercera ciudad del país. Aquí se levanta uno de los más
espectaculares estadios para el mundial del 2006. |
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Tejados. Los
de Nüremberg, una vista de la ciudad, escenario del más famoso juicio
de posguerra de la historia mundial. |
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Fachada.
En el corazón de la ciudad, la sede
del museo histórico de Leipzig. |
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Munich. En
el área antigua, un edificio emblemático, sede del nuevo
ayuntamiento. |
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Coliseos de ayer y de hoy |
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Dos estadios símbolo de dos momentos de Alemania
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Los de Berlín y
Munich son dos estadios que vale la pena conocer aunque uno carezca
del más mínimo interés por el fútbol, porque se los puede entender
como una metáfora de dos momentos de Alemania. El Olympiastadion o
Estadio Olímpico de Berlín pasó a la historia por haber sido la sede
de los Juegos Olímpicos de 1936, que fue una especie de consagración
internacional para el régimen de Hitler. Ahora ha sido modernizado,
pero conserva intacta la monumental
arquitectura original, con esa estética nazi tan afecta a las
multitudes y la grandilocuente evocación de lo grecorromano. Los
trabajos de renovación del estadio duraron cuatros años y costaron
242 millones de euros. Su capacidad es ahora de 76.000 espectadores.
El estadio Allianz Arena de Munich es la versión futurista de una
cancha de fútbol. Inaugurado en mayo pasando en las afueras de la
ciudad y con capacidad para 66 mil personas, parece una nave
extraterrestre. La inversión para construirlo concuerda con su
apariencia: 500 millones de euros si se consideran las obras de
infraestructura y sólo 266 millones si se habla del puro estadio.
Más que techado, está envuelto en una estructura de acero, tela y
plástico transparente que cambia de colorees según cómo se lo
ilumina. Cualquier descripción será un fracaso: habrá que verlo con
los propios ojos. |
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Escenas alemanas |
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La
armonía y los contrastes |
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Aunque distintas,
las doce sedes del Mundial 2006 son una buena muestra de la Alemania
de hoy. La cosmopolita Berlín, rara combinación de arquitectura
contemporánea, histórica y retro; la occidental Dortmund, en la
antigua zona siderúrgica y de hulla conocida como olla del Ruhr, o
la bávara Munich, donde se toman cinco millones de litros de cerveza
por año, todas las ciudades alemanas tienen en común las dimensiones
humanas (sólo la capital, Hamburgo y Munich superan el
millón de habitantes).
Alemania es un país federal. Su constitución les garantiza un
desarrollo similar a todas las regiones, por eso la infraestructura
-sea cultural, económica o de transporte- se distribuye más o menos
armónicamente por los cuatro puntos cardinales. En esta sociedad,
una de las más ricas del mundo, la desigualdades se profundizan,
pero hasta ahora no se conocen ni las villas miseria ni los barrios
cerrados.
Visitar Alemania vale la pena por el acervo histórico y cultural,
los 300 tipos de panes y las salchichas. Y también por su tecnología
y por la sorpresa de encontrar, por ejemplo, detrás de la catedral
de Colonia, un río Rin tan transitado como una autopista,
Araceli Viceconte |
aviceconte@clarin.com |
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