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VISITANDO EUROPA |
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Travesía Europea:
de Inglaterra a Francia.
Londres, París y Marsella hilvanadas por los trenes de alta velocidad.
Los rasgos más perceptibles de las ciudades visitadas y la
incomparable experiencia de atravesar el paisaje en estas modernas
formaciones.
A todo
tren, de Londres a Marsella |
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El confort de los trenes de alta velocidad, las
ciudades por donde pasan y los paisajes que parecen escaparse detrás
de las ventanillas. |
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Londres. Estación
Waterloo. Martes por la mañana. La luz tibia, el aire fresco pero de
ninguna manera helado, la acompasada bonhomía de los caminantes que
recorren las calles a comienzos del invierno contradicen la leyenda: no
siempre llueve y hay neblina en Londres, y el camino desde el super
elegante barrio de Kensington hasta la estación de Waterloo nos regaló la
vista de una ciudad cubierta de hojas naranjas, rojas, amarillentas; una
vista monumental de la Tate Modern Gallery que anuncia una exposición del
fotógrafo Robert Frank (hay que entrar allí sólo para ver la
extraordinaria sala colorada dedicada a Mark Rothko), el aroma de los
árboles cambiando la piel.
En Waterloo hay clima de fiesta. Se cumplen diez años del hijo más célebre
de la estación: el Eurostar, el tren que va a 300 kms por hora y une a
Gran Bretaña con Francia y Bélgica a través del túnel que cruza por debajo
del Canal de la Mancha. Una celebración bastante sobria, pero no exenta de
pompa, que incluyó una ceremonia curiosa: dos artistas británicos, Ben
Langlands y Nikki Bell, metamorfosearon uno de los trenes de la compañía
hasta convertirlo en una obra de arte flotante que paseó en un ferry por
el corazón de la ciudad, todo a lo largo del río Támesis, y se mantuvo
allí dos días, amarrado cerca del famoso barco de la Segunda Guerra
Mundial HMS Belfast, al lado del Tower Bridge.
En el modernísimo lounge de la primera clase, un espacio galáctico en
colores amarillo y gris con sillones Egg (el diseñador francés Philippe
Starck recreó las salas de espera, los tickets, los uniformes y hasta el
interior de los vagones), hay café, refrescos, sandwichs, bombones,
diarios y revistas. El comentario de los iniciados: la comparación entre
el servicio de trenes y aviones para hacer la misma ruta, ya sea
Londres-París o Londres-Bruselas. Las razones prácticas
para tomar el
tren son bastante |
convincentes: a precios
similares (un boleto Londres-Bruselas cuesta entre 90 y 170 dólares
promedio, aunque hay decenas de tarifas y ofertas), el viaje en tren dura
menos de tres horas: 2.35 hs. de Londres a París, 2.20 hs. de Londres a
Bruselas. El viajero sale del centro de una ciudad y llega al centro de
otra ciudad, sin tener que ir al aeropuerto, sin tasas de impuestos, sin
perder mucho tiempo en el check in. Hay más flexibilidad y disponibilidad
en el caso de que uno necesite cambiar de fecha el pasaje: por día, viajan
catorce trenes a París y nueve a Bruselas; cada tren tiene lugar para 750
pasajeros.
Las razones vitales, en cambio, son incontestables: los asientos, aun los
de segunda clase, son más espaciosos y cómodos. No tienen música ni
películas, es verdad (aunque, ¿quién escucha esa música, después de
todo?); pero tampoco cinturón de seguridad, ni turbulencias. A bordo se
puede caminar, jugar a las cartas, usar una computadora portátil, hablar
por teléfono durante casi todo el viaje (excepto los 20 minutos que lleva
atravesar el eurotúnel), ir al vagón restaurante, disfrutar de paisajes
increíbles y hasta beber una copa de champagne, invitación de la casa.
Son las 9.00 am. Xavier, nuestro luminoso guía francés, nos da la
bienvenida a bordo -quince minutos más tarde de lo
previsto. Los primeros trenes del mundo fueron ingleses, explica: la
primera vía férrea pública, la línea Stockton-Darlington, se inauguró en
1825. Pero hoy no son los más modernos. Como tecnología, ha sido de las
primeras y también de las más durables de toda la historia de la
revolución industrial: se mantuvo en uso, casi sin cambios, durante un
siglo y medio. Recién en los 90 comenzaron las tareas de modernización de
la red. De los 110 kilómetros que unen Londres y Ashford, arreglaron 70;
para 2007 esperan acondicionar los últimos 40 y acomodarlos a los
estándares del continente.
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A las 9.08 el tren se
pone en movimiento. En minutos, el aroma a café y los deliciosos
chocolates belgas, el desayuno sencillo pero sustancioso (en dos opciones:
"hot" o continental; salchichas y huevos, o tostadas con salmón; pan y
mermelada), el estilo sobrio pero mullido de los asientos, el saludo
afable de los azafatos son signos inequívocos de que, desde que nacieron
los trenes de alta velocidad, el concepto "viajar en tren" adquirió un
nuevo sentido. Ya no se trata sólo de la opción romántica, barata y
popular, propia de estudiantes, trabajadores y amantes de la aventura.
Estos trenes recuperaron el halo de lujo y refinamiento que tenía este
medio de transporte hace más un siglo, aunque se trata de un lujo
protestante, funcional, adecuado al viajero urbano, el hombre de negocios
o el turista con poco tiempo que igual gusta de disfrutar "el proceso" y
no sólo el resultado.
Si uno mira por la ventana, la experiencia es también un poco diferente a
la conocida. El paisaje está allí, por cierto, y la campiña de Kent
aparece realmente hermosa en su otoñal esplendor. Pero se pierden los
detalles sutiles -ya no podemos seguir con la vista
a esa mujer de pañuelo blanco que salió de su casa acompañada por su
perro; los autos vuelan; los paisajes huyen al otro lado de la ventana-.
Si uno se sienta mirando hacia adelante, puede anticipar unos minutos la
belleza rústica del porvenir, la llegada del paisaje que se abre como un
don. Si se sienta de espaldas, la visión es más melancólica pero también
más estable, como si las cosas, una vez que irrumpieron y escaparon de
nosotros, se negaran a perderse. |
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Eurostar. En una estación de Francia minutos antes
de la partida. La velocidad desarrollada por estas formaciones
achica seriamente las distancias |
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Tower Bridge. Una formación del Eurostar desfila en ferry por el
Támesis. |
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Bruselas, ciudad cambiante
Brussels Midi, martes pasadas las 11.40. En el camino, Li Bing o Susan,
una compañera de viaje que ha venido desde Beijing para hacer este mismo
paseo le enseñó a un pequeño grupito multiétnico que se formó a su
alrededor algunas palabras en chino mandarín: "ni hao" (hola), "zi jian"
(hasta luego), "xie xie" (gracias), "wo de peng you" (mi amigo). Las
repetimos como mantra mientras salimos de la estación y vamos hacia la
increíble Gran Plaza de Bruselas, una de las más hermosas de Europa.
Junto al espléndido palacio gótico del Hotel de Ville -ex
sede del Ayuntamiento-, frente a los coloridos
cafés y pegadito al edificio donde Marx y Engels escribieron el Manifiesto
comunista, nos sonríe Annick, nuestra guía en esta imprevisible ciudad.
Cada cinco o seis cuadras, Bruselas parece otra. La corriente humana y las
fragancias se renuevan.
Ocupada sucesivamente por españoles, austríacos, franceses y alemanes, la
ciudad es ahora sede del parlamento y la Comisión Europea y de cientos de
organismos internacionales. Funcionarios de todo el mundo se mezclan con
miles de paseantes que recorren y disfrutan de sus innumerables
manifestaciones artísticas. Museos de arte flamenco, con las mejores obras
de Bruegel y Rubens. Arte surrealista de la mano de otros belgas célebres:
Magritte y Delvaux. Hasta hay un circuito de la historieta (Bélgica es la
cuna de Tintín, el célebre personaje creado por Georges Remi, alias Hergé).
La ciudad cantada por Jacques Brel, su músico más ilustre, es además meca
de una deliciosa cerveza artesanal -hay más de 400
variantes, desde las trapenses hasta la lambic- y
de algunos de los chocolates más ricos del planeta.
"Aquí decimos que los belgas somos los irlandeses de Francia", dice el
mozo del restaurante. Todos festejan la ocurrencia, que remite a una vieja
disputa según la cual aquí los ritmos son menos vertiginosos, más
"provincianos" que en la también cosmopolita pero mucho más desenfrenada
París. Por fortuna sigue siendo así, lo cual significa un standard de vida
increíblemente alto que incluye un respeto puntilloso por el rito del café
o la cerveza de las seis de la tarde en alguna terraza al aire libre y el
concepto de "slow food"-el culto a la comida bien
hecha, acompañada de rico vino, pan casero y café con chocolates, en
franca batalla contra la tiranía del "fast food" y la "fast life"-
elevado a la categoría de orgullo y prioridad nacional. (Si la idea le
interesó, anote este nombre: restaurante Resource, en Zuidstraat 164. Las
siete liliputienses terrinas de verdura que son la entrada, el pescado
fresco, el vino blanco y las finas hebras de naranja bañadas en chocolate
son de verdad indescriptibles). |
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Marsella. A donde llega el tren de alta velocidad francés ,
inaugurado en 1981, une 180 ciudades del país. En la foto, el mítico
puerto de la costa sur y la catedral de la Major, sobre la colina
donde se asentó la ciudad vieja, fundada hace 2600 años. |
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De
París a Versalles
Estación Brussels Midi. Miércoles por la mañana. Dejamos el hotel sin
desayunar: tendremos uno bien razonable durante nuestro viaje en el Thalys,
el tren de alta velocidad que une Bruselas con París en 1.25 hs. por menos
de 50 euros. (También va a Amsterdam, Colonia y otras ciudades del norte.)
Aquí ya no hay líneas aéreas que cubran este recorrido.
A diferencia del viaje en avión -y también de auto,
si manejamos nosotros- cuando vamos en tren algo
siempre sale a nuestro encuentro. En este caso, vamos camino a París, y lo
que llega despierta la emoción de lo desconocido que nos resulta sin
embargo sumamente familiar. Poco antes del mediodía llegamos a la estación
Gare du Nord, totalmente remodelada entre 1861 y 1866 por el alemán
Jacques Ignace Hittorff -el mismo que diseñó los
jardines de Champs-Elyseés. Somos algunos de los medio millón de pasajeros
que pasan por aquí cada día, la mitad de los cuales toma un tren desde o
hacia otro país. Es una de las muy pocas estaciones de Francia donde
todavía funcionan los lockers para guardar equipaje.
Pero se sabe: París es siempre París, y todo lo importante que en ella
ocurre (la puesta de La flauta mágica en la Opera o la presentación del
último libro de polémico Bernard-Henri Lévy) son apenas secretos lejanos
cuando le ocurren a otro.
Pasamos el día allí y luego partimos a Versalles, donde nos alojamos en el
despampanante hotel-spa Trianon Palace. La habitación tiene el tamaño de
un salón de baile, y al ver por detrás de las pesadas cortinas de brocado
las ovejitas redondas que pastan en los campos entro en el sueño pastoral
de María Antonieta.
Construido en 1910 y renovado en 2001, el hotel es vecino del Royal Park
de Luis XIV, a 18 km de París y a miles de años luz de cualquier lugar
donde se escuche un ruido. Ni una nota desentona en esta sinfonía de
colores suaves, muebles de estilo Luis XV y servicio invisible.
Tarde de placeres: de la piscina al baño turco, una cena frugal y
finalmente a descansar -algo que, ya de regreso, me
parece innecesario-. Es cerrar los ojos a la noche
negra y abrirlos por la mañana muy temprano: allí afuera sigue la función
de gala. Desayuno majestuoso en el salón espejado del café, con ventanales
enormes que miran al parque.
Lo único malo, además de la sensación de que en cualquier momento entran
aquí los héroes republicanos y nos decapitan a todos (es demasiado lujoso,
créanme; ellos tendrían razón), es que uno no desea salir ni siquiera a
dar un paseo. |
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Versalles. A 16 kilómetros de París, un monumento histórico y
testimonio vigente de lujo que caracterizó a la nobleza. |
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Bruselas. En sus bares y cafés los clientes pueden elegir entre más
de cuatrocientas marcas de cerveza. |
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En
la antigua Marsella
Marsella. Estación central. Sábado a mediodía. Llegamos a Marsella con el
TGV, el famoso tren de alta velocidad francés. Siempre rápido, un poco más
austero en el servicio, pero muy confortable, el TGV se inauguró en 1981 y
ya une más de 180 ciudades de todo el país. Nosotros tomamos el ramal que
se dirige al Sur y cruza buena parte de Francia: partimos de una París
pálida y fría, pasamos por Lyon, Avignon, Aix-en Provence hacia la luz y
la brisa especiada que proviene del mar. Atravesamos un túnel de 7
kilómetros bajo las montañas y emergemos, después de tres horas de ensueño
y campiña y castillos rurales y viñedos, en la blanca, rosada,
mediterránea Marsella.
El puerto y las colinas que lo rodean constituyeron la ciudad desde su
fundación, a comienzos del siglo VI a.C (fue la primera ciudad urbanizada
de toda Francia). Vivieron aquí sus fundadores griegos, luego los ligures,
luego los romanos. Hoy es una ciudad cosmopolita y alegre, para nada
glamorosa en comparación con sus atildadas vecinas de la Costa Azul, pero
mucho más genuina e intensa. Guarda el orgullo de haber sido refugio
seguro de los artistas perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial -ella
misma estuvo siempre protegida: antaño por Artemisa, hoy por la dorada
estatua de la Bonne Mere, la patrona de los marineros y protectora de la
ciudad, a la que custodia desde una colina de 154 metros, sobre la iglesia
Notre Dame de la Garde. Vale mucho la pena hacer a pie el camino, largo y
trabajoso, lleno de mercaditos, hasta la cima. Una vez allí, se asomará al
mar más azul de la estación, coronado por la imagen romántica,
embriagadora, de la isla de If, con el pequeño castillo, donde Alejandro
Dumas situó la historia del legendario Conde de Montecristo.
Una imagen: visitamos esa misma tarde aquella isla, en un barco blanco.
Llegamos y volvimos rodeados de otros barcos blancos provenientes de
Túnez, de Argelia, del otro mundo. Escuchamos la historia del castillo
-construido por Francisco I como fortaleza contra la armada española;
luego fue prisión de protestantes convictos y oponentes al gobierno.
Regresamos y comemos frente a la costa, mientras el azul del mar y el
cielo se confunden y todo parece volver a una calma primaria, elemental.
Hay otro tiempo, pienso. La velocidad existe para recordárnoslo.
Flavia Costa |
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Las mutaciones del paisaje, un espectáculo único |
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Los infinitos son todos
parecidos. Un océano cobalto, el cielo visto desde el avión, el desierto
protector. Deslumbrantes pero lejanos, los atravesamos con asombro
mientras sabemos que hemos cambiado de escala, que son dimensiones
prestadas. Todo lo contrario es viajar en tren, donde los elementos son
siempre de nuestra talla: hay personas que bajan y suben en cada estación,
y se puede ver, oler de qué viven, qué pájaros escuchan cuando se
levantan, por dónde ven salir el sol. Miramos por la ventanilla y todo
está allí, casi palpable.
Uno imagina que el tren de alta velocidad altera -y quizá con el tiempo lo
hará- este prodigio, la sensación de estar arriba y abajo del camino. Pero
por ahora no es así. Pruebe, si no, tomar el TGV que conecta París con
Marsella.
En este tren no hay snack para el viajero, no hay merienda que llega al
asiento por sorpresa mientras estamos mirando por la ventanilla. Lo bien
que hacen. Son tres horas, nada más (¡para 780 kilómetros!). Aproveche y
vaya hasta el vagón restaurante antes que pueda. Allí puede pedir
distintas cosas: no es demasiado caro. Una tarta hojaldrada y un café
valen ocho euros -sí, es muchísimo en pesos; póngale que sea sólo el café.
Lo importante no es eso, sino sentarse en uno de los asientitos redondos
que están a lo largo del vagón, de frente al ventanal gigante. Ahí está,
eso es: todo el paisaje es suyo. El tren sale de París, como se ha dicho,
y recorre (a campiña hasta Lyon, Valence, Avignon, Aix-en-Provence. Es
decir: en sólo tres horas se asiste a la mutación del frío tapiz del norte
de Francia y a su conversión en las huertas meridionales, las laderas
ásperas de la Provence. Se pasa del aroma penetrante del queso Brie al
sabor indescriptible del Bouillabaisse, el guiso de mariscos típico de
esta región. Mientras viaja, atraviesa los viñedos y cada tanto se
sorprende por un castillo rural, aparecen las colinas casi plateadas, las
casitas en racimos y el cálido viento mediterráneo, que sazona, desde hace
siglos, a Marsella con el aroma inconfundible, dulce y almizclado, del
norte de África. Un aroma menos misterioso que ancestral. |
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Europa en Tren |
Índice |
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Fuente:
Clarín
Viajes, 16 de enero de 2005 |