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DUBLIN (The New York
Times).- Los carteles del Aeropuerto de Dublín eran abiertamente
bilingües, cada indicación, hasta la más mínima, estaba impresa tanto en
gaélico como en inglés. Pero el primer idioma que oí al salir del
aeropuerto fue mandarín: lo hablaba un grupo de estudiantes chinos cerca
de Trinity College. Y la primera conversación que mantuve en suelo
irlandés fue en español.
No esperaba encontrarme precisamente en Dublín con duendes y tréboles. La
transformación de la ciudad en una capital europea cosmopolita está bien
documentada. Pero la información de la prensa no me había preparado para
la mezcla internacional que hallé en las calles de Dublín durante los
cuatro días que pasé allí.
La mujer argentina que me registró en La Stampa, el primer hotel pequeño
donde aterricé al llegar, me explicó que Dublín estaba llena de gente
joven de su país, muchos de ellos capeando el temporal de la economía
argentina. Estudian en uno de los establecimientos de Dublín donde se
enseña inglés como segunda lengua. Dublín, nos explicó, tiene una política
abierta para la extensión de visas de estudio y trabajo, los estudiantes
inscriptos pueden tener hasta veinte horas semanales de empleo pago.
Jóvenes de todas partes
Así, la capital irlandesa se transformó en una meca para los estudiantes
desde Buenos Aires hasta Pekín. Al caminar por las calles, mientras me
abría paso entre la muchedumbre para ingresar en el patio interior
amurallado de Trinity College, sentí como si hubiese retrocedido a mis
años de universidad.
La presencia de tanta juventud y la actualización de Dublín implican la
facilidad de encontrar un buen capuchino en los cafés al norte o al sur
del Liffey, el río color león que divide a la ciudad en dos. Además, ahora
es posible conseguir el mismo tipo de alojamiento que uno esperaría
encontrar en cualquier otra capital europea, y a mejor precio.
Por casi lo mismo que pagué por una pensión con baño compartido en
Londres, me alojé en un ambiente bastante lujoso en La Stampa, donde las
habitaciones forman parte de la renovación de varios edificios antiguos
arriba y detrás del restaurante. Estaba a la vuelta de la calle Grafton
Street, la zona comercial peatonal de la ciudad, donde desfilaba gente
mirando vidrieras, los floristas ejercían su oficio y los músicos
callejeros tocaban la guitarra y cantaban canciones de Hendrix y Dylan.
Mi hotel estaba al sur del Liffey, que tradicionalmente dividía a Dublín
en forma horizontal en el barrio elegante y el de la clase trabajadora. Si
bien está distinción no se mantiene, muchas de las principales atracciones
de Dublín, como su Museo Nacional, el Castillo, las famosas fachadas
georgianas en torno a Merrion Square, y el recientemente renovado lugar de
entretenimiento Temple Bar, se encuentran en la margen sur. Hacia el
Norte, más enérgico, está Moore Street, sede de la gran feria al aire
libre de Dublín y varios museos literarios pequeños que rinden homenaje al
panteón de los escritores que hicieron de esta ciudad su hogar en algún
momento de la vida.
U2, un símbolo
El más celebrado, James Joyce, aún supera la banda de rock U2 como el
símbolo cultural número uno de Dublín: tiene dos museos y una estatua;
mientras que las pisadas de U2 hasta el momento se limitan al elegante
hotel que poseen en parte dos de los integrantes de la banda, el Clarence.
Recorrí ambas márgenes del Liffey, cruzando el puente peatonal blanco de
hierro forjado conocido como Ha´penny.
Si se desea recorrer Dublín como turista, hay museos de cera, excursiones
a destilerías y fábricas de cerveza, y un paseo en ómnibus en el que me
topé con gente alegre que llevaba cascos vikingos.
Lo que noté fue que los mejores museos de Dublín eran gratuitos. A pesar
de que la mayoría de las guías de viaje dirigen al visitante en primer
lugar a la exposición del Libro de Kells en Trinity College, 8 dólares la
entrada me pareció una desilusión un tanto onerosa.
Se exhibían apenas cuatro páginas del manuscrito medieval ilustrado,
detrás de un vidrio, con una luz tan tenue que tuve que esforzarme para
ver los detalles. En cambio, el Museo Nacional de Dublín, que no cobra
entrada, era un tesoro encontrado, el símbolo de la abundancia con joyas y
objetos de oro del antiguo pasado celta de Irlanda.
En otros tiempos, los celtas convertían el metal precioso en brazaletes,
broches y piezas sencillas. Se exhibe el oro más antiguo, que data desde
el 2200 hasta el 400 a.C. En otra ala del museo se exhiben obras celtas
medievales de oro y plata más elaboradas, como el famoso cáliz Ardagh y
varios broches con trabajos de filigrana y incrustaciones, prendedores
circulares de diversos tamaños utilizados para ajustar los mantones sobre
el hombro. Daisann McLane (Traducción de Andrea Arko)
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Actividades
• En el Irish Film Center (Centro de Cine Irlandés), en Temple Bar, al 6
de Eustace Street, la entrada cuesta 7 dólares.
http://www.fii.ie/
• El Libro de Kells puede verse en la biblioteca de Trinity College. La
entrada cuesta 8 dólares.
• La entrada para ver los tesoros de oro celtas en el Museo Nacional de
Arqueología e Historia es gratuita.
• El James Joyce Center, al 35 de North Great George´s Street, alberga
recuerdos, fotografías, retratos y libros del autor. La entrada cuesta
5,40 dólares.
Para anotar en la agenda: algunos paseos
embriagadores
Los pubs garantizan diversión sin mareo alguno
DUBLIN.- Hay dos lugares que merecen estar en la agenda de los turistas
que visitan la ciudad: Chester Beatty Library y Temple Bar.
Temple Bar . Bautizado como Temple Barf por los dublineses, es el barrio
donde las fiestas de colegiales alcanzan niveles olímpicos. Cada frente de
un local parecía albergar un pub, y todos tenían la misma decoración en la
entrada: un grandulón amenazante, con la cabeza rapada, sobretodo negro y
un cable de teléfono celular conectado en la oreja.
Debido a la cultura de pub, legendaria en Dublín, y los precios
relativamente bajos en comparación con Londres, la ciudad se convirtió en
un imán para grupos británicos que vienen a hacer despedidas de soltero.
Chester Beatty Library. Una colección apabullante de arte asiático de
primer nivel. Beatty fue un ingeniero en minería de origen norteamericano,
adinerado, de principios del siglo XX, que emigró a Londres y desarrolló
su pasión por atesorar arte oriental y de Oriente Medio. Al pasar parte de
sus últimos años de vida en Irlanda, donó en su testamento la colección al
gobierno irlandés. Beatty tenía gustos eclécticos -las piezas van desde
miniaturas hindúes, grabados en boj, hasta cerámicas de la dinastía Qing
-y tenía un interés muy particular por los grabados. La zona más
fascinante del museo es la sección dedicada a una colección extraordinaria
del Corán de todo el mundo islámico.
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Turistas y estudiantes se confunden en la entrada del Trinity
College - Foto: Newsmakers |
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En
el corazón de la urbe, el Temple Bar es punto de reunión
- Foto: KRT |
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