VISITANDO EUROPA
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La Perla del Mediterráneo

Frente a las costas de Sorrento, en el sur de Italia, la mítica isla perdura como uno de los destinos soñados del turismo internacional. Una visita entre cuentos de sirenas y las grandes marcas de la vía Emanuele.


La isla de Capri es una posesión de los pescadores. Apenas doce mil personas viven en esta porción de tierra frente a la costa de Sorrento, en el sur de Italia. La isla está sutilmente dividida en dos: Ana-capri, extendida y tranquila, y Capri, turística y escarpada. Las dos áreas son territorios habitados por seres legendarios. Desde las míticas sirenas -los capreses están convencidos de que aquí Ulises fue tentado por sus voces-basta los millonarios del mundo.
Claro que ellos tampoco descubrieron nada: Capri huele a jazmíneas, a glicinas y a limoneros. Es un balcón -belvedere, como dicen aquí- gigantesco para admirar la perfección del mar Mediterráneo, las rocas diseminadas en el agua azul, las terrazas y patios íntimos, las casas blancas y la amabilidad de la gente.
Capri no sólo deslumbre en los años 50, cuando se puso de moda. Venía haciéndolo desde los tiempos del emperador Tiberio, que hizo de la isla la capital de su imperio y de su locura. Durante la dominación romana. Augusto se retiraba a contemplar el espléndido paisaje. Capri estuvo en manos, sucesivamente, de sarracenos, longobardos, normandos, españoles. Y vivió su esplendor con el desarrollo económico y artístico de la cercana Nápoles.
Las isla estuvo abandonada hasta comienzos del siglo XIX. Un día de 1826, un hotelero le mostró al pintor alemán Augusto Kopisch la "secreta" Gruta Azul y en ese momento Capri se convirtió en un destino turístico. La historia dice que sólo fue una broma del isleño, pero Kopisch murió convencido de haber descubierto la famosa Grotta Azzurra.
Claro que la Gruta estuvo ahí siempre. Kopisch le puso el nombre aludiendo al color, porque los pescadores prácticamente la evitaban: aseguraban que ahí vivía el fantasma de Tiberio. Desde la entrada, los turistas se embarcan en botes de remo para disfrutar, durante algo así como dos minutos, de una maravilla: la luz que entra por la pequeña abertura hace que en el interior de la amplia cueva marina, el agua se vuelva azul turquesa, de una fosforescencia difícil de olvidar.
Al centro de Capri se llega bajando escaleritas de piedra, junto a casas rodeadas de pinos y apreses. Por un sendero se llega a los Jardines de Augusto. Desde un balcón casi natural, más allá de acantilados y crestas rocosas, se ven los farallones que emergen del mar.
La piazzeta Umberto I es el lugar más frecuentado de Capri, unos 30 metros cuadrados cerrados por bares, la iglesia, el municipio, el campanario con su reloj algunos negocios y flores de un rojo encendido que trepan por los muros. La piazzeta parece el escenario del mundo, el sitio ideal para mirar y ser mirado. Hay desde pobladores de la isla hasta turistas llegados de todas partes. Desde este lugar, hay varios itinerarios posibles. El más obvio desciende por Vía Emanuele y Vía Caramelle, dos peatonales de comercios, hoteles, restaurantes, exclusivas boutiques y un ejército de turistas.
Siguiendo esa ruta aparece la Vía Tragara, una de las callejuelas más lindas de la isla, un extendido mirador de varias cuadras para admirar la ladera salpicada de casas blancas y la vegetación. En la caminata aparecen casas de estilo mediterráneo y flores de todos los colores. También, algunas curiosidades, .como la placa donde se grabó un poema de Pablo Neruda, quien vivió un tiempo en este paraíso.

Dónde informarse: En el ENIT, Av. Córdoba 345, Capital; teléfono 4311-3542.

En Internet: www.enit.it

 

 

Cafés: En el corazón de la isla.

AZUL: Las alturas de Capri configuran un interminable mirador que ofrece una magnífica panorámica del del Mediterráneo.

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Fuente: Nora Vlater - nvlater@clarin.com - Clarín Viajes, domingo 16 de noviembre de 2003