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Por Eugeni Casanova |
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El
silbato del tren da sus primeros resoplidos en el andén de la estación Victoria.
Subo por los pelos en el último coche y atravieso cuatro vagones
-cuatro salones, mejor dicho- con pasajeros sentados en grandes sillones
alrededor de mesitas. Todos están con los cubiertos de plata en la boca
y besan largas copas burbujeantes. Parece la Viena austrohúngara,
aunque son vagones de estilo modernista.
Cuando
me desplomo en mi sillón, Martín, el camarero-mayordomo, acude con
una estirada copa de champán francés. Son las doce del mediodía, y
el Orient-Express, el tren más mítico de todos los tiempos, se ha
puesto en marcha hacia el puerto de Folkestone. Ante mí, sin embargo,
no tengo al detective Hercule Poirot preguntándome qué hacia a las
8.45, pongamos por caso, sino de nuevo a Martín, que me sirve sopa de
zanahoria. Es la hora del almuerzo y, junto a un jarrito con un par de
claveles y una lamparita, Martín deposita luego un roast beef con
ensalada y una mousse de chocolate.
No
es fácil manejar la delicada cubertería, pues el tren, que conserva
la suspensión original, brinca que es un contento. La porcelana,
las lámparas, las sillas y las mesas son reproducciones exactas a los
tiempos gloriosos; el resto es todo original, desde el vagón hasta el
sistema de calefacción y agua caliente, todavía alimentado con carbón.
Un
escenario de cine
Estoy
en el carruaje Ibis, una pieza de museo que ha merecido la atención
de los historiadores. Construido en 1925, es el más antiguo del
Orient-Express, y está decorado con medallones de marquetería que
representan danzarinas de la Grecia antigua. Los nueve carruajes del
trayecto inglés son todos diferentes; pertenecieron a la compañía
Pullman, y muchos fueron usados por la familia real y altos
dignatarios internacionales.
Al
terminar el almuerzo, Martín se ofrece a mostrarme el coche
contiguo, el Zena, donde se desarrolló buena parte de la película
Asesinato en el Oríent-Express. "Mucha gente hace el viaje
porque ha visto la película o ha leído el libro”, apostilla este
mayordomo sin pinta de asesino.
En
el puerto francés de Boulogne espera el nuevo convoy. Me corresponde
el coche-cama 3525. El carruaje, construido a principios de los años
veinte, fue decorado por Rene Prou, uno de los padres del art déco.
Aquí,
en vez de salones, hay compartimentos con incrustaciones de
marquetería y dos literas superpuestas. "Por un rato me había
hecho la ilusión de que estaba en un salón y no en un tren, pero
acabo de volver a la realidad», le comento a Maurizio, el camarero.
"Aquí lo importante es el espíritu», me responde.
Estoy
en un monumento histórico. Literal y legalmente: los vagones del
Orient-Express han merecido en Francia esta denominación. “No se
pueden reformar -explica Michel de Lacerda, director del tren-. Estos
coches fueron construidos durante los años veinte y treinta; entonces
eran lo más lujoso, aunque en esa época la higiene no era tan
importante como ahora..." Efectivamente, hay un solo váter por
vagón, y ni una mala ducha en todo el tren. "La gente no viaja
por las comodidades, sino por el ambiente, por la historia, por el
mito -afirma el director-. Algunos han ahorrado durante años para
subir a bordo del Orient-Express.”
La
cena es el primer gran acontecimiento del trayecto. Hay tres coches
restaurante, cada uno con su propio estilo. Todos se visten para la
ocasión. Abunda la indumentaria años veinte, estilo charlestón
con grandes escotes, y también los esmóquines.
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